La innovación educativa tiene muchas patas: quizás casi tantas como personas (maestros o no) quisieran aportar una parte de si mismas a la educación, reglada o fuera de ella.
Seguro que nos vendrán a la cabeza propuestas metodológicas, formales, tecnológicas, materiales… Pero quiero centrarme en el sujeto activo que media en la educación y su actitud frente al alumno. Hay quien pensará que es caduco pensar en el profesor cuando dentro de un par de décadas habrá un sujeto virtual impartiendo clases. No voy a negarme (y menos en este entorno) a futuros avatares u otros artilugios dando clase: pero me resisto a creer en la desaparición del mediador profesor que, aún en un rol muy distinto al que imparte una clase magistral, forma parte activa como persona sensible a los alumnos, sus capacidades y potenciales, sus respuestas cognitivas y emotivas, su maduración…
Parte de la innovación (no sé qué porcentaje) tiene que venir de la actitud del docente y, muy ligada a ella, la capacidad de comunicación. Todos hemos sido protagonistas u oyentes de conversaciones del tipo ese profe es muy bueno pero no sabe explicar. Y me pregunto: ¿cuántos de nosotros tenemos conocimientos sobre técnicas de comunicación? (quedaría aquí una ventana abierta para un diálogo futuro).
Pero por encima de cualquier técnica, la actitud frente al discente y a la discencia: ¿qué aporto yo para que el alumno progrese? Y cada cual va a responder algo distinto: unos quizá soportes tecnológicos avanzados y contenidos digitales bien elaborados; otros, dedicación muy individualizada a los alumnos; otros, innovación metodológica; o espacios y agrupaciones; o sistemas de evaluación y autoevaluación de los alumnos; o técnicas de motivación del alumnado,… o cuantas otras saldrán en este foro. Me da lo mismo unas respuestas que otras. No por menospreciar ninguna sino al contrario: porque en la semántica de todas hay algo intangible pero poderosísimo: esa actitud del docente a la cual me he referido, la actitud necesaria para que una persona con titulación para impartir la docencia sea en realidad algo más, sea en realidad Maestro o Profesor (el apelativo varía según la lengua o la realidad social dentro de una misma lengua).
Maestro o Profesor es la persona que imparte con devoción, pasión, dedicación, implicación… en definitiva, motivación para ponerse enfrente de un grupo y dar, al grupo y a cada uno de sus integrantes, lo mejor de si mismo. No es lo mismo impartir que ser maestro. Y la diferencia cada cual la expresará a través de unas técnicas u otras, una propuesta de innovación educativa u otra: pero emanará siempre de la misma fuente, la actitud vital del maestro.
Maestro es cualquier persona con capacidad docente que tiene una actitud vital positiva para hacerlo.
Y cada cual tiene el derecho a preguntar o incluso criticar si esta actitud vital es, y pertenece o no, a la innovación educativa:
- Al apartado educativo por supuesto por evidente, hasta que alguien no me convenza de lo contrario.
- Al de innovación seguro que más de uno habrá pensado que no, que esto es más viejo que andar a pie. Lo respeto pero no lo comparto: la más antigua de las innovaciones de la humanidad, la que de hecho nos diferenció de nuestros ancestros simios, la capacidad de levantarnos sobre las dos patas traseras y así tener la capacidad de manipular con las manos y en definitiva embrión del pensamiento humano y de la dominación de la tierra, no la hemos ni completado ni mucho menos desarrollado de forma efectiva o correcta. ¿Por qué entonces el desarrollo de la actitud docente, por muy antigua que sea, la hemos completado con eficacia y ha dejado de pertenecer a la categoría innovación?
Permitidme pues que repita la fórmula de innovación educativa:
Maestro = docente + actitud vital
Como consecuencia, pues, defenderé a capa y espada aquel maestro que, mejor con muchos recursos tecnológicos que con pocos, se preocupa por activar la mencionada actitud vital frente a su alumnado por encima de otro que simplemente decora su trabajo rutinario con el uso de una pizarra digital, por ejemplo.
Para concluir: en mi círculo próximo ha pasado desapercibido un artículo publicado en The New York Times sobre un estudio realizado por economistas de las universidades de Harvard y Columbia y que ha referenciado el impacto económico que supone un buen o mal maestro en 4º de Primaria (9-10 años).