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El reloj de la Escuela


05 Feb

(Suena el timbre)
El tiempo en la Escuela responde desde hace mucho a un modelo organizativo basado en el que fuere de la producción industrial propia de finales del s. XIX. De esta manera, no es de extrañar que todavía hoy la organización horaria escolar sea el resultado de distribuir fraccionariamente unas áreas curriculares de acuerdo con su peso en el currículo y en una sucesión lineal de contenidos, como si de una cadena de montaje se tratara.

En la mayoría de centros educativos, el tiempo gobierna, dirige y condiciona. Los alumnos se procesan por edades y por cursos. Disponen de un determinado tiempo en una determinada edad para alcanzar unos objetivos curriculares. Si no lo logran, se habla de repetición, fracaso, trastorno… porque no se puede parar la producción, el tiempo apremia. Para lograr la máxima eficiencia, su aprendizaje se desarrolla de forma segmentada, en cadenas curriculares paralelas, que se encajan en un equilibrado y funcional diseño horario, pero que a su vez implica presuponer que nuestra estructura neuronal se organiza en asignaturas.

Lo irónico de la situación es que los alumnos cada vez aprenden más fuera del horario escolar. Su aprendizaje ya no depende exclusivamente del espacio (centro educativo) ni del tiempo (horario escolar). Son los new millenium learners (OCDE), que haciendo uso de sus habilidades digitales, en Internet y en las redes sociales esencialmente, aprenden de acuerdo con sus verdaderos intereses y al margen del currículo oficial.

(Suena el timbre)
Los docentes también son parte del sistema. Están tanto o más institucionalizados que los alumnos. Tienen poco margen de innovación, no disponen de tiempo. Las exigencias del currículo, de las leyes educativas, de la administración, del ideario del centro, de las familias y del contexto inciden en el qué y cómo enseñar y se suman al ya condicionante cuándo.

El tiempo de los maestros y profesores también rinde cuentas al horario escolar. La mayoría de su tiempo, lógicamente, está destinado a la docencia siempre de acuerdo con la asignación horaria de cada área curricular y, una pocas horas (entorno al 15-20% del total) para diseñar las actividades de aprendizaje, corregir, evaluar, resolver conflictos entre alumnos, entrevistarse con padres y madres, formarse, preparar salidas, desarrollar acciones y seguimientos tutoriales, reunirse con los otros profesores, solucionar tareas burocráticas, atender alumnos enfermos, preparar materiales para las clases… por citar algunas.

Esta sobredimensión de las tareas de los docentes conlleva economizar y priorizar. Hecho que, generalmente, se traduce, entre otras cosas, en una replica continua de los diseños didácticos y de las unidades de programación, contribuyendo a un modelo de Escuela prácticamente inmutable. Nicholas Negroponte, en su libro El mundo digital, ya planteaba este desfase cuando decía que un cirujano del siglo XIX no podría operar en un quirófano actual, mientras que un maestro del siglo XIX sí que podría dar clase en nuestras escuelas de hoy.

(Suena el timbre)
Esta realidad nos dirige a una única conclusión: el sistema ya no responde a su objetivo. La Educación, de calidad, es un valor de futuro. En un tiempo de crisis como el actual, deberíamos pensar no solo en el mañana sino en las próximas décadas. Es complicado divisar un futuro mejor, si las futuras generaciones van a recibir una educación más obsoleta que las actuales. Es difícil esperar una educación mejor, si los que están moral y formativamente capacitados para liderar el cambio, los docentes, no tienen ni el tiempo, ni el espacio, ni el reconocimiento necesario para llevarlo a cabo.

Quizá, ha llegado el momento de dejar de perder el tiempo.

(¿Suena el timbre?)


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